México DF Capital Iberoamericana de la Cultura
Todas las mañanas de camino al trabajo y todas las noches de regreso a mi casa paso por el único parque que hay en mi colonia. En este parque nunca hay nadie. Ningún niño ha trepado sus árboles, nunca un grupo de jóvenes ha improvisado porterías y su solitario kiosco aún no conoce el contacto humano. El aburrido parque que describo no aloja vagabundos ni heroinómanos, no está bordeado por ejes viales que dificulten el acceso, no tiene mensajes violentos grafitteados en las paredes. No existe ningún factor que ahuyente a los visitantes, que sin embargo nunca llegan. En la carrera de arquitectura, y supongo que en la vida en general, existe la creencia de que un parque o una plaza es un privilegio que da el tejido urbano de cualquier ciudad a algunos de sus habitantes. Todos creemos que un parque genera plusvalía a las propiedades circundantes, trae instantáneos beneficios para los dueños de locales cercanos y acerca a los habitantes de un barrio. No sólo eso, creemos que el enorme problema de las colonias de viviendas autoconstruidas es que no tienen áreas verdes. ¿Por qué entonces el parque de mi colonia es el enorme fracaso que es? Todos los parques, las plazas y las banquetas se comportan de manera similar; mucho más que catalizadores de desarrollo y convivencia, son espacios susceptibles al comportamiento del barrio y evidencian los problemas locales. Son lugares inmensamente populares o desoladamente impopulares. Pueden ser espacios concurridos, dinámicos de día y de noche, interesantes para visitar ó pueden ser espacios desiertos, aburridos, y real o aparentemente peligrosos… tierra de nadie. ¿De qué depende que el espacio público fracase o sea un éxito? El parque que está junto a mi oficina es un éxito. Está rodeado por edificios que lo observan constantemente. Cada madrugada salen los niños de sus casas para ir a la escuela, los acompañan sus padres que aprovechan y pasean al perro; saludan al mismo cartero y al mismo vecino que saludan todos los días; pocos minutos después llegan los alumnos de la escuela de la esquina, compran el desayuno y el periódico y platican con el mismo vendedor que ven diario; después empiezan a llegar los oficinistas, cruzan el parque a paso veloz para comprar café; a media mañana salen a caminar un par de ancianos; a medio día los restaurantes se llenan con gente en su hora de comida; en la tarde los niños y jóvenes que salieron de la escuela o regresaron a su casa juegan o patinan; en la noche regresan los oficinistas y salen a correr o a cenar con los amigos; la actividad en el parque nunca para. Ahora el parque de mi colonia. Está rodeado de casas con grandes bardas ciegas que no ven el parque. Cada madrugada salen los niños a la entrada de su casa y esperan a ser recogidos por un camión, no hay peatones que saludar; un par de horas después se abren las puertas de los garajes de los que salen coches que llevarán a sus conductores a sus lugares de trabajo; es una zona residencial, sin escuelas ni oficinas, no llegarán ni estudiantes ni adultos trabajadores; por supuesto, nadie ha intentado abrir un café o un restaurante, quebraría al instante; en la tarde el camión regresa a los niños a sus casas, pero no salen al parque porque no hay nadie y eso siempre genera desconfianza; en la noche regresa la gente de la oficina, se abre y se cierra la puerta del garaje para no abrirse hasta el día siguiente. El exitoso parque junto al que trabajo está rodeado por oficinas, restaurantes, casas, departamentos chicos, departamentos grandes, una escuela, una escuela de cocina y varias tiendas. Mucha gente está obligada a visitarlo a distintas horas del día. Como siempre hay gente ahí, es un lugar exitoso, seguro, cuidado y se convierte en un imán para los que viven o trabajan en otro lado. Los comercios triunfan, las propiedades elevan su valor. El parque de mi casa sólo está rodeado por viviendas unifamiliares. En todas ellas vive gente con horarios similares. Está vacío casi todo el día y obliga a muy poca gente a acercarse. A nadie se le va a antojar nunca visitar este paraje desolado a donde yo iría a esconderme si quisiera que nadie me encontrara. Contrario a lo que todos los urbanistas quisieran, la gente no usa los parques y plazas sólo porque existen. El éxito del espacio público reside en la configuración del espacio privado: si tiene muchos usos tendrá diferentes usuarios a diferentes horas del día. Amarga el alma pensar que por cada Parque México existen decenas de parques fantasma. La solución no es, por supuesto, detener la construcción de parques, es pensar en la dinámica del espacio que lo delimita.
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